... porque, debo reconocerlo, a algunos de los que estáis aquí ni siquiera os conozco. Y claro, os miro y pienso: “¿Han venido por mi despedida o solo por el aperitivo?”. Y creo que, si ahora dijese que no hay aperitivo, ¡se iría más gente que si dijera que se ha avanzado la hora del Barça-Madrid!

 

Pero, y ahora sí que hablo en serio, a la mayoría os conozco, y a muchos os conozco mucho. Y, al miraros, tengo la sensación de conoceros desde siempre, y no soy capaz de precisar cuándo o cómo nos conocimos. Tengo la sensación –y es muy viva- de que siempre habéis formado parte de mi vida.

 

Quizás sea éste el momento de explicar un par de anécdotas, de desdramatizar un poco antes de que esto se convierta en un serial. No hace mucho, preocupado por lo que os diría en el momento de mi despedida, leí un manual para hacer discursos que decía que, de querer hacerlo correctamente, hay que explicar una anécdota propia y una de ajena.

 

De propias no tengo. No es porque yo lo diga, pero me parece que me he esforzado para hacerlo lo mejor posible, durante este tiempo, y creo que he tenido bastante éxito. Con nota. ¡Y todavía no entiendo qué pretendéis los que decís que la única cosa que se me puede criticar es que no acepto ninguna crítica!